El reciente informe de la OCDE sobre la productividad en España revela un panorama de claroscuros para el tejido empresarial nacional.
Aunque la productividad laboral ha crecido, lo hace a un ritmo moderado que se ha debilitado tras la pandemia.
Entre 2010 y 2019, la productividad creció un 1,1% anual, situándose en la mediana de los países analizados.
Sin embargo, este dinamismo cayó al 0,7% anual en el periodo 2020-2023, reflejando un impacto desigual por sectores.
El estudio destaca que el crecimiento ha sido desigual, con las empresas más productivas y las menos productivas alejándose del tramo intermedio.
Mientras el “top 10%” de las firmas creció un 2,2% anual, el centro de la distribución solo avanzó un 1,3%.
Uno de los problemas estructurales identificados es la baja “eficiencia asignativa”. España presenta una de las contribuciones más bajas en este indicador, lo que significa que el empleo no se desplaza de forma eficiente hacia las empresas más productivas.
De hecho, la eficiencia asignativa solo aportó un 4,6% a la productividad total entre 2021 y 2023. Esta cifra es drásticamente inferior al 14,9% registrado en el periodo 2011-2013, lo que supone una señal de alerta para la competitividad.
Lo que ve la OCDE
El informe también subraya que España tiene un exceso de peso de empresas poco productivas en el empleo total. Las firmas menos eficientes concentran el 31% del empleo, una de las tasas más altas de la muestra.
Como nota positiva, las empresas jóvenes (1-5 años) han mejorado su productividad relativa frente a las veteranas.
No obstante, la baja tasa de supervivencia y la dificultad para escalar de las nuevas empresas limitan su impacto agregado.
Para revitalizar la economía, la OCDE sugiere que es prioritario mejorar la asignación de recursos. Sin reformas que favorezcan la movilidad del talento hacia firmas punteras, España corre el riesgo de un estancamiento prolongado.

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