Las dudas sobre el futuro de la arquitectura de seguridad global volvieron a escalar tras las últimas declaraciones del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, quien dejó abierta la puerta a una ruptura histórica con la OTAN.
“Diría que está más allá de toda reconsideración. Nunca me convenció la OTAN. Siempre supe que era un tigre de papel”, afirmó en una entrevista concedida a The Telegraph, en uno de los mensajes más duros lanzados hasta ahora contra la alianza atlántica.
El mandatario fue más allá al cuestionar el compromiso de sus socios europeos en el conflicto con Irán: “Tendrán que empezar a aprender a defenderse por sí mismos; Estados Unidos ya no estará ahí para ayudarles”, advirtió, elevando la incertidumbre política y económica a escala global.
Sin embargo, una eventual salida de Estados Unidos de la OTAN no depende únicamente de la voluntad del presidente.
La legislación aprobada en 2023 establece que cualquier retirada debe contar con la aprobación del Congreso, ya sea mediante el respaldo del Senado o a través de una ley específica.
Es decir, el proceso exige un consenso político interno que, en la práctica, introduce un freno institucional a una decisión de tal calibre.
El lado económico de la OTAN
Desde un punto de vista económico, la salida de EEUU de la OTAN tendría consecuencias profundas para Europa.
Actualmente, Estados Unidos aporta el 62% del presupuesto total de defensa de la alianza, mientras que Canadá y los países europeos cubren solo un 38%.
Una retirada estadounidense obligaría a los aliados a incrementar drásticamente su gasto militar para cubrir la brecha, aumentando presiones fiscales y desviando fondos de otras inversiones estratégicas.
El conflicto en Oriente Próximo lo evidencia. El bloqueo del estrecho de Ormuz —por donde circula cerca del 20% del petróleo mundial— ha tensionado los precios energéticos y reavivado los temores de recesión. Sin una respuesta coordinada, la volatilidad podría intensificarse.
El aumento del gasto en defensa —con objetivos que ya apuntan al 5% del PIB— implicaría desviar recursos desde inversión productiva hacia seguridad.
Además, el encarecimiento del riesgo geopolítico podría impactar en los costes de financiación, las decisiones de inversión y la competitividad empresarial.
Sectores como la energía, el transporte o la industria serían especialmente sensibles a este nuevo entorno.

Donald Trump