La tensión en el Golfo Pérsico ha vuelto a situar al Estrecho de Ormuz en el epicentro de la economía global.
Por ese corredor marítimo circula cerca de una quinta parte del petróleo mundial, y cualquier amenaza de bloqueo activa automáticamente las alarmas energéticas y financieras en Europa.
Sin embargo, el impacto directo sobre España es, por ahora, acotado. El Gobierno estima que apenas el 5% del petróleo y el 2% del gas natural licuado que llega al país transita por Ormuz, según explicó la vicepresidenta tercera y ministra para la Transición Ecológica, Sara Aagesen.
La fotografía energética española revela una diversificación que amortigua el golpe. En gas, los grandes suministradores son Argelia y Estados Unidos, mientras que Qatar apenas representa un 1,7% del total.
En crudo, Estados Unidos, Brasil y México concentran los principales flujos, y el conjunto de Oriente Medio ronda el 10%.
La dependencia existe, pero está lejos de ser estructuralmente crítica. Aun así, el Ejecutivo coordina con socios europeos y con la Agencia Internacional de la Energía la monitorización del conflicto, consciente de que los mercados energéticos reaccionan no solo a interrupciones reales, sino a expectativas.
Más allá de Ormuz
El verdadero canal de transmisión es el precio. El barril de Brent —referencia europea— ha superado los 82 dólares, y algunos analistas no descartan niveles cercanos a 90 si la escalada persiste.
España no depende masivamente de Ormuz, pero sí del precio internacional del crudo.
La reacción bursátil ha sido inmediata. El Ibex 35 llegó a ceder cerca de un 3% en la apertura, en línea con otros parqués europeos.
Más que la exposición comercial directa a la región, lo que pesa es el encarecimiento de la energía y el aumento de la prima de riesgo geopolítica.
Para una economía importadora neta de energía como la española, un repunte sostenido del petróleo erosiona márgenes empresariales, presiona costes logísticos y tensiona la inflación.
Según estimaciones de mercado, un alza del 10% en el crudo puede añadir hasta 0,4 puntos porcentuales al IPC en la eurozona.
Ahí emerge otra derivada: la política monetaria. El Banco Central Europeo podría verse condicionado si la inflación energética se consolida.
Aunque los expertos descartan movimientos inmediatos, un escenario prolongado de precios altos endurecería las condiciones financieras y reavivaría el fantasma de la estanflación.
En paralelo, los activos refugio se fortalecen. El oro se dispara y el dólar gana tracción, reflejando una búsqueda de cobertura clásica en entornos de incertidumbre.
El euro, por el contrario, sufre cuando la energía se encarece, dado el deterioro de los términos de intercambio europeos.
La aceituna con preocupación
Pero la crisis no es solo energética. El sector de la aceituna de mesa, que destina alrededor del 10% de sus exportaciones a Oriente Próximo —con Arabia Saudí y Emiratos Árabes entre sus destinos clave—, observa el conflicto con inquietud.
A la volatilidad geopolítica se suma la incertidumbre comercial tras el nuevo arancel global del 10% anunciado por Donald Trump.
En conjunto, el mensaje es doble. España afronta la crisis con una estructura de suministro más sólida que en el pasado, pero sigue expuesta al termómetro de los mercados internacionales. La diversificación mitiga el riesgo físico; el precio, en cambio, recuerda que la vulnerabilidad energética nunca desaparece del todo.

GettyImagen