La inversión en la economía española prolongó en 2025 su fase expansiva y encadenó cinco años consecutivos de crecimiento. El volumen total de capital destinado a modernizar infraestructuras, empresas y tecnología alcanzó los 347.000 millones de euros, un 5,1% más que el año anterior, según un estudio elaborado por la Fundación BBVA y el Instituto Valenciano de Investigaciones Económicas (Ivie).
Pese a esta evolución positiva, el informe advierte de una paradoja: la inversión sigue lejos de los niveles que registraba la economía española antes de la crisis financiera. Casi dos décadas después del estallido de la burbuja inmobiliaria, el país no ha recuperado el máximo alcanzado en 2007, lo que refleja un cambio estructural en el patrón de crecimiento y plantea interrogantes sobre la capacidad de la economía para sostener su modernización a largo plazo.
Un crecimiento sostenido, pero insuficiente
El estudio sitúa el actual esfuerzo inversor en el 20,6% del PIB, muy por debajo del casi 30% que España dedicaba a la inversión durante los años del auge inmobiliario previo a la crisis. Esa diferencia de casi diez puntos no solo evidencia el ajuste que siguió a la Gran Recesión, sino que también deja al país por detrás de economías comparables de Europa como Alemania o Francia, donde la inversión se sitúa en torno al 22% del PIB.
El resultado es un crecimiento inversor que, aunque sostenido desde 2021, todavía no logra cerrar la brecha generada tras la crisis financiera ni igualar la intensidad inversora de las principales economías del entorno.
El sector público impulsa el ciclo inversor
El motor más visible del repunte reciente ha sido el sector público. La llegada de los fondos europeos del programa Next Generation EU ha elevado de forma significativa el gasto en capital de las administraciones.
En 2025, la inversión pública aumentó un 9,1%, situándose un 56% por encima del nivel previo a la pandemia. Paralelamente, la inversión empresarial mantuvo un ritmo sólido, con un crecimiento del 4,6%, lo que confirma que el sector privado también ha superado el impacto económico provocado por la crisis sanitaria.
Este impulso conjunto ha permitido consolidar un ciclo inversor relativamente estable tras años marcados por la volatilidad.
Del ladrillo a la economía digital
Uno de los cambios más significativos identificados por el informe es la transformación del destino de la inversión. España ha comenzado a reducir su tradicional dependencia de la construcción para dirigir más recursos hacia activos tecnológicos, software y actividades de investigación.
Antes de la crisis de 2008, la construcción concentraba el 68% de la inversión total. Hoy su peso se ha reducido a algo más del 50%, incluyendo tanto vivienda como edificios industriales, comerciales o infraestructuras.
Los autores del estudio destacan que España figura, junto con Estados Unidos, entre los países que más han incrementado la inversión en activos vinculados al conocimiento en las últimas décadas. Este cambio refleja una transición gradual hacia un modelo productivo más digital y basado en la innovación.
El coste del ajuste: déficit de vivienda
Ese giro inversor también tiene efectos colaterales visibles, especialmente en el mercado inmobiliario.
La construcción de vivienda crece, pero muy por debajo de la demanda demográfica. En 2025 se formaron más de 226.000 nuevos hogares, mientras que solo se construyeron unas 88.000 viviendas. El desfase entre ambos indicadores contribuye a explicar la creciente presión sobre los precios y la dificultad de acceso a la vivienda para muchas familias.
En el caso de las construcciones no residenciales, la inversión continúa contenida por el exceso de infraestructuras y edificios levantados durante la burbuja inmobiliaria, muchos de los cuales siguen infrautilizados.
El punto débil: infraestructuras productivas
El informe identifica su principal alerta en el deterioro de la inversión en infraestructuras productivas.
Carreteras, ferrocarriles y obras hidráulicas han perdido peso dentro del gasto público. Si en 2009 representaban el 61% de la inversión estatal, actualmente apenas alcanzan el 38%.
Más preocupante aún es el nivel de gasto destinado al mantenimiento. En sectores como el agua o el transporte ferroviario, la inversión es tan limitada que no compensa el desgaste natural de las instalaciones. En términos económicos, esto significa que el país está consumiendo su capital público más rápido de lo que lo repone.
Desde 2014, el valor de las infraestructuras productivas se ha reducido en 11.000 millones de euros. Los recortes más acusados se registran en infraestructuras aeroportuarias y obras hidráulicas, con caídas del 19,1% y del 4,8% respectivamente en la última década.
Inversión y riesgo climático
La debilidad inversora en infraestructuras adquiere una dimensión adicional en el contexto del cambio climático. Fenómenos extremos como sequías o inundaciones pueden deteriorar rápidamente el capital público si no existen inversiones preventivas suficientes.
El estudio pone como ejemplo el impacto de la dana que afectó a la Comunidad Valenciana en 2024. Los investigadores estiman que una política preventiva habría requerido aumentar la inversión anual entre un 3,3% y un 23,2% según el escenario climático. Sin embargo, reconstruir los daños en un solo ejercicio podría obligar a incrementos extraordinarios de entre el 119,7% y el 848,2%.
La conclusión es clara: la inversión no solo debe crecer en volumen, sino también anticiparse a los riesgos y distribuirse territorialmente para evitar que un único desastre natural destruya en pocos días el capital acumulado durante décadas.
Un cambio de ciclo aún incompleto
El panorama que dibuja el informe combina avances y vulnerabilidades. España ha logrado recuperar el pulso inversor tras la pandemia y avanza hacia un modelo más tecnológico y menos dependiente del ladrillo. Sin embargo, la distancia respecto a los niveles previos a la crisis financiera, el déficit de vivienda y la erosión del capital en infraestructuras estratégicas muestran que el proceso de transformación económica aún está lejos de completarse.
En ese contexto, el reto no es solo invertir más, sino invertir mejor: orientando el capital hacia innovación, vivienda y resiliencia climática para sostener el crecimiento en la próxima década.

GettyImages