Europa cuenta con una de las comunidades científicas más sólidas del mundo. Sus investigadores lideran avances en campos como la física cuántica, la biotecnología, los nuevos materiales o las energías limpias, y obtienen de forma recurrente algunos de los mayores reconocimientos internacionales. Instrumentos como el Consejo Europeo de Investigación (ERC) han dotado al continente de una credibilidad científica difícil de igualar, basada en financiación competitiva, libertad académica e independencia intelectual. Sin embargo, esta excelencia no se traduce automáticamente en competitividad industrial. Las ideas nacen en Europa, pero con demasiada frecuencia se convierten en productos, empresas y tecnologías en otros lugares.
La paradoja es clara: Europa investiga bien, pero escala mal. Y el problema no está tanto en la calidad del conocimiento como en la debilidad de los mecanismos que conectan ciencia, inversión y mercado. Como resume Xavier Ferrás, profesor del Departamento de Operaciones, Innovación y Gestión de la Tecnología en Esade, “Europa ha hecho una buena política científica, pero no ha hecho política industrial. No es suficiente con tener buenos investigadores y grandes resultados de la investigación. Se trata, en paralelo, de garantizar la existencia de sectores industriales con capacidad para la absorción de esos nuevos conocimientos que generan las universidades y los centros tecnológicos”.

Xavier Ferrás, profesor del Departamento de Operaciones, Innovación y Gestión de la Tecnología en Esade
UN SISTEMA QUE SE QUEDA A MEDIO CAMINO
En España, esta brecha resulta especialmente visible. La investigación se apoya de forma mayoritaria en financiación pública, mientras que el tejido productivo mantiene una implicación limitada y desigual en I+D. “En España, la mayor parte de la investigación se desarrolla financiada por fondos públicos. Estos se distribuyen a entidades públicas y privadas, pero el principal motor económico sigue siendo la administración pública”, explica Joana Modolell Aguilar, directora de Investigación y de la Oficina de Transferencia de Conocimiento (OTC) de la Universidad CEU San Pablo. “Esto no es así en todos los países, donde existe un tejido productivo más competitivo y con una clara apuesta por departamentos de I+D en las empresas; pero no es la realidad mayoritaria en España. Eso explica que no seamos grandes líderes tecnológicos”.
El resultado es un ecosistema que genera conocimiento de alto nivel, pero que avanza a un ritmo académico en un mercado que exige velocidad industrial. “La investigación en Europa avanza a ritmo académico porque la mayor parte se realiza en OPIs, centros de investigación y universidades”, señala Modolell. “El mercado privado no invierte en I+D de manera relevante y transversal como lo hace el sector público. La incorporación de una mayor inversión desde otros estamentos productivos más allá del sector público, desde los estadíos más tempranos (TRL bajos), podría cambiar las velocidades”.

Joana Modolell Aguilar, directora de Investigación y de la Oficina de Transferencia de Conocimiento (OTC) de la Universidad CEU San Pablo
CAPITAL, ESCALA Y DEMANDA
Más allá de la universidad, los centros tecnológicos se sitúan en una posición clave para cerrar esta brecha. Su proximidad a la empresa les permite trabajar desde problemas industriales reales y no desde hipótesis científicas. Sin embargo, ni siquiera este modelo garantiza por sí solo competitividad global. Según Áureo Díaz-Carrasco, director de Fedit (Federación Española de Centros Tecnológicos), “por sí sola la transferencia no garantiza competitividad. Para conseguirlo, es necesario que el conocimiento transferido, los prototipos y desarrollos tecnológicos puestos a disposición de la industria escalen al ritmo que exige el mercado global”.
En el caso español, el cuello de botella aparece después de la transferencia inicial. “El problema no suele estar en la calidad de la tecnología o las soluciones propuestas, sino en el proceso completo, es decir, en lo que ocurre después. Porque falta capital paciente, que tenga miras a largo plazo, falta demanda tractora y, en ocasiones, falta una apuesta decidida por transformar procesos productivos completos”, añade Díaz-Carrasco. En un país donde más del 90% del tejido empresarial está formado por pymes, con horizontes de decisión muy cortos, el riesgo tecnológico sigue percibiéndose como un coste más que como una inversión estratégica.
El conocido valle de la muerte, ese espacio entre la validación científica y la rentabilidad comercial, sigue sin resolverse. Ferrás lo resume asegurando que “no se han creado los instrumentos intermedios ni las instituciones intermedias. Y cuando se han creado, como es el caso de los centros tecnológicos, han estado infrafinanciados y sometidos a inestabilidades políticas”.

Áureo Díaz-Carrasco, director de Fedit
CAMBIO DE INCENTIVOS
Desde una óptica de management, la solución pasa menos por gestos aislados y más por rediseñar los incentivos del sistema. Para Modolell, uno de los frenos principales es cultural y organizativo: “Faltan incentivos que reconozcan esa actividad al personal investigador en el sector público, falta masa crítica investigadora en el sector privado y falta expertise empresarial en el sector que desarrolla la mayor parte de la ciencia en España”. Sin alinear carrera académica, transferencia y emprendimiento tecnológico, la creación de empresas seguirá avanzando a un ritmo muy inferior al de la producción científica.
Las grandes corporaciones, por su parte, tienen un papel relevante, aunque no exclusivo. “Los centros de investigación deben abrirse a las corporaciones y las corporaciones tienen que querer acercarse a la investigación más básica. Dos no hablan si los dos no quieren”, afirma Modolell. Desde Fedit, Díaz-Carrasco coincide en la necesidad de una colaboración más estructural, apoyada por políticas públicas que compartan riesgos y faciliten infraestructuras tecnológicas comunes para el escalado.
DE LA CIENCIA EXCELENTE A LA INDUSTRIA AVANZADA
Europa, y España en particular, no necesitan más diagnósticos sobre la calidad de su ciencia. Necesitan decisiones. Ferrás insiste en que antes de regular hay que liderar, porque sin liderazgo tecnológico no habrá soberanía industrial ni capacidad para imponer estándares propios. Modolell lo sintetiza desde una perspectiva práctica cuando mira a la próxima década y destaca que la decisión clave deberá ser “regulatoria y empresarial”. Eso implica políticas industriales explícitas, capital paciente orientado a deep tech, incentivos alineados con la transferencia y una colaboración público- privada que deje de ser excepcional para convertirse en norma. Solo así la excelencia científica europea podrá transformarse en empresas globales, empleo cualificado y liderazgo industrial sostenible. La ciencia ya está. La escala sigue siendo la asignatura pendiente.
Dar el paso final
Guillem Laporta, partner de Ysios, recuerda que, si bien en Europa sobra ciencia, “el reto es convertir talento en empresas de escala global”.

Guillem Laporta, partner de Ysios
Europa y España cuentan con ciencia biomédica de primer nivel, pero esa excelencia no se traduce en más compañías. ¿Dónde está el problema?
Es una percepción real si la comparamos con otros sectores, pero también conviene ponerla en contexto. Si miramos atrás, la biotecnología española está hoy en uno de los mejores momentos de su historia. Hay más startups, más talento y, sobre todo, mucho más capital que hace una década. En 2011, cuando empecé en el sector, los inversores especializados se contaban con los dedos de la mano. Hoy existen numerosos fondos activos y un ecosistema mucho más maduro. El recorrido es positivo, aunque todavía queda mucho por hacer para transformar más ciencia en innovación real y empresas consolidadas.
La biotecnología exige capital intensivo y horizontes largos. ¿Está Europa preparada para asumir ese nivel de riesgo y paciencia?
El ecosistema europeo ha demostrado en las últimas dos décadas que sí lo está. La biotecnología es un sector estratégico, con cientos de miles de empleos y alto valor añadido. Las grandes farmacéuticas europeas han apostado claramente por este modelo, apoyándose en startups para captar innovación que no siempre pueden generar internamente. Además, la Comisión Europea ha impulsado las ciencias de la vida como un pilar estratégico. Si nos comparamos con Estados Unidos, la diferencia sigue siendo notable, pero el factor clave no es solo el capital, sino el talento, ya que atraer y concentrar personas con visión y experiencia es lo que realmente hace florecer una industria.
Se habla mucho del “valle de la muerte”. ¿Dónde se pierde hoy más valor en el sector?
Sin duda, en las fases clínicas. Cuando una compañía llega a probar un fármaco en pacientes, ya se han invertido decenas de millones. Si los resultados son positivos, el valor se dispara; si son negativos, la inversión puede reducirse prácticamente a cero. No es solo una cuestión de capital, sino de validación científica, de capacidad para replicar resultados y de construir equipos que puedan ir más allá de la fase preclínica. Además, es crucial pensar desde el inicio en el encaje futuro en el mercado y en cómo esa tecnología competirá dentro de diez o quince años.
¿Qué haría falta para que Europa y España den el salto definitivo en biotecnología y empresas de escala?
Lo fundamental es el talento. Crear un entorno atractivo como país y como sociedad.

