Francia afronta una escasez de combustibles provocada por la caída del suministro internacional de productos refinados, en un contexto marcado por las dificultades para transportar petróleo a través del estrecho de Ormuz, la paralización del oleoducto Este-Oeste de Arabia Saudí y las restricciones rusas a las exportaciones de diésel.
Ante esta situación, el presidente francés, Emmanuel Macron, ha pedido a Bruselas flexibilizar temporalmente las normas europeas de calidad de los carburantes para aumentar la producción de las refinerías y contener los precios. También plantea relajar los límites a la mezcla de biocombustibles y aplazar la regulación sobre emisiones de metano.
Según la información proporcionada, estas medidas podrían elevar entre un 5% y un 20% la producción de las refinerías francesas. Macron reclama además estudiar compras conjuntas de hidrocarburos líquidos a escala europea.
¿Qué pasa en Francia?
La presión sobre el mercado ya se refleja en Francia. Unas 1.500 estaciones de servicio, alrededor del 15% de las 10.000 registradas, se encontraban el día 20 sin gasolina, diésel o ambos productos a la espera de nuevos cargamentos.
El problema se agrava por la dependencia francesa de las importaciones: el país apenas produce petróleo y su capacidad de refino resulta inferior a su consumo de carburantes. A ello se suma el límite de precios aplicado por TotalEnergies, que dificulta competir por suministros en el mercado europeo.
En paralelo, Rusia podría prolongar más allá de septiembre la prohibición de buena parte de sus exportaciones de diésel, mientras las refinerías de otras regiones operan cerca de su capacidad máxima.
Bruselas mantiene que no detecta por ahora un problema de suministro de petróleo, aunque reconoce elevada volatilidad y posibles tensiones, especialmente en diésel y combustible de aviación.

















