Una Europa sin herederos

En 2023 nacieron 3,67 millones de bebés en la Unión Europea: el mayor desplome anual de nacimientos desde 1961, un 5,4% menos que el año anterior y una tasa de fecundidad de 1,38 hijos por mujer, muy por debajo del umbral de reemplazo generacional (2,1), según los últimos datos de Eurostat. La oficina de estadística proyecta que la población de la UE tocará techo en torno a 2029 —unos 453 millones— y descenderá hasta situarse entre 399 y 420 millones a finales de siglo. Si hoy hay aproximadamente 3,5 personas en edad de trabajar por cada mayor de 65 años, en 2100 esa ratio se acercará a 2:1.

“Los datos demográficos no son solamente estadísticas”, advierte Paolo Inselvini, eurodiputado italiano del grupo ECR y copresidente del Intergrupo de Demografía del Parlamento Europeo. “Hablan de paternidad, maternidad e hijos”. Detrás de cada décima en la tasa de fertilidad hay una decisión vital aplazada, una familia no formada, un trabajador que no existirá en 2040.

La pregunta relevante para empresas, inversores y responsables de política económica no es si Europa envejece —eso ya es un hecho sobradamente demostrado—, sino si las medidas activadas en los últimos años son suficientes para gestionar ese envejecimiento sin romper los sistemas de bienestar y la cohesión territorial del bloque. La respuesta corta: no del todo.

En 2023, ningún país de la UE alcanzó el nivel de reemplazo. Bulgaria (1,81 hijos por mujer), Francia (1,66) y Hungría (1,55) encabezaron la tabla; Malta (1,06), España (1,12) y Lituania (1,18) se situaron en la parte baja. La proporción de población en edad de trabajar bajará del 58-59% actual al 50% en 2100, mientras el peso relativo de los mayores de 65 y, especialmente, de los mayores de 80, seguirá creciendo. Esa presión llega en un contexto de transición verde y digital que requiere más trabajadores cualificados y capaces de competir a nivel global por ese perfil. La cuestión ya no es evitar el envejecimiento; es cómo gestionarlo sin que el contrato social salte por los aires.

Y esto, quizás, sea el imposible al que nos enfrentamos.

Paolo Inselvini, eurodiputado italiano del grupo ECR y copresidente del Intergrupo de Demografía del Parlamento Europeo
Paolo Inselvini, eurodiputado italiano del grupo ECR y copresidente del Intergrupo de Demografía del Parlamento Europeo

CHEQUES BEBÉ: NECESARIOS, INSUFICIENTES

La respuesta más intuitiva ha sido económica: si los hijos cuestan, subsidiemos los hijos. Gobiernos de toda la UE han desplegado transferencias directas, ventajas fiscales, subvenciones a guarderías y apoyos a la reproducción asistida con generosidades muy distintas. El fundador y director general de la Fundación Renacimiento Demográfico, coordinador del Observatorio Demográfico y responsable de Estudios y Análisis Social de CEU-CEFAS, y autor de El suicidio demográfico de España, Alejandro Macarrón, se muestra escéptico con los subsidios directos: “El gobierno tiene la obligación de tratar fiscalmente mejor a las familias cuántos más hijos tengan, porque están contribuyendo a la sociedad en especie”.

Macarrón defiende el beneficio fiscal vinculado a la actividad laboral —no el cheque universal—, precisamente porque el primero incentiva a quienes ya generan riqueza. “Lo que no puedes hacer es dar dinero por tener hijos, porque eso en el límite lleva incluso a tener hijos por dinero”.

La evidencia respalda su cautela: los incentivos puramente financieros tienden a adelantar nacimientos ya planeados y logran subidas pequeñas y temporales en la tasa de fertilidad, pero rara vez la aproximan al nivel de reemplazo. El factor decisivo suele ser la compatibilidad efectiva entre trabajo y familia —horarios, corresponsabilidad, acceso a guardería— más que el importe del subsidio. Esto es una asignatura pendiente en muchos países de la Unión, especialmente en España.

MÁS ALLÁ DE LAS AYUDAS

Inselvini apunta a una dimensión que los modelos estadísticos no son capaces de captar por definición: “La natalidad no se impulsa únicamente con ayudas económicas, sino creando modelos culturales”. El error de fondo de buena parte de la política europea, a su juicio, es financiar proyectos sin impacto real en la decisión de tener hijos, mientras los jóvenes carecen de los instrumentos materiales y culturales necesarios para afrontar el futuro. En otras palabras: estamos achicando el agua del barco por un lado mientras el agua no para de entrar por el otro.

Si el primer pilar busca más nacimientos, el segundo acepta que no habrá suficientes y trata de sostener el sistema con una población más envejecida. La OCDE calcula que, con las reformas vigentes, la edad normal de jubilación rondará los 66-67 años a mediados de siglo, con algunos países acercándose a los 70. Francia aprobó en 2023 una reforma que eleva la edad mínima de jubilación de 62 a 64 años. Alemania está en trayectoria hacia los 67. Los países nórdicos han ido más lejos, ligando la edad de retiro a la esperanza de vida y automatizando los ajustes futuros.

Estas medidas actúan sobre el denominador del problema —más años cotizados, menos años cobrando pensión—, pero no resuelven la base demográfica. Incluso con jubilaciones más tardías, la proporción de personas mayores dependientes seguirá creciendo. Para las empresas, una fuerza laboral progresivamente más envejecida obliga a invertir en formación continua, rediseño de puestos y gestión activa del talento sénior. No es un ajuste contable; es un cambio cultural en la gestión de personas que muchas organizaciones no han empezado a planificar.

TALENTO EXTRANJERO: IMPRESCINDIBLE

Ante la dificultad de elevar la fertilidad doméstica, la migración se ha convertido en el canal más directo para rejuvenecer la pirámide de población activa. La Comisión Europea ha lanzado las Talent Partnerships, que conectan la oferta formativa en países socios con las necesidades europeas de mano de obra, y trabaja en un talent pool comunitario para agilizar visados y homologación de cualificaciones. Los Estados miembros complementan estos marcos con esquemas de “tarjetas azules” y programas para perfiles STEM o sectores deficitarios.

Macarrón, sin embargo, relativiza el alcance de esta vía. Señala que si un país no tiene pleno empleo, el cuello de botella no es la mano de obra, sino la capacidad de absorción del mercado y, cada vez más, la vivienda: “Aquí no cabe más gente. Aunque fuesen españoles clonados por unos años, aquí no cabe”. La advertencia es de escala continental: la UE compite por el mismo talento con Estados Unidos, Canadá, Reino Unido o Australia, que ofrecen procesos de admisión más sencillos y mercados laborales más flexibles. Y la escala migratoria necesaria para compensar de forma permanente una fecundidad muy baja sería políticamente difícil de sostener. De hecho, ya estamos viendo las tensiones internas en política.

COSTE DE LA VIVIENDA

El coste de la vivienda es uno de los principales factores que retrasan la emancipación y la decisión de formar familia. En 2024, el 27% de los jóvenes de 15 a 29 años vivía en viviendas masificadas y más del 10% de los jóvenes de 20 a 29 años destinaba más del 40% de sus ingresos al alquiler o la hipoteca. La Comisión ha respondido con un Plan Europeo de Vivienda Asequible articulado en cuatro pilares: aumento de la oferta social, regulación de presiones de mercado, reformas en planeamiento y suelo, y refuerzo de la protección social. El déficit inversor se estima en torno a los 150.000 millones de euros anuales.

El problema es estructural y el plan carece de legislación vinculante o financiación específica a nivel comunitario. La competencia real sigue en manos de Estados, regiones y ciudades. Para mercados financieros y empresas, sin embargo, la vivienda asequible influye directamente en la movilidad laboral, en los costes de contratación y en la capacidad de atraer talento joven a los hubs donde se concentra la economía del conocimiento.

EL BALANCE: GESTIONAR, NO REVERTIR

La valoración honesta es que las políticas actuales permiten gestionar el envejecimiento demográfico, pero no revertirlo. La baja natalidad crea una inercia difícil de cambiar y las nuevas generaciones no compensarán la salida de los baby boomers. Inselvini reclama situar la transición demográfica como prioridad europea, con coordinación, inversión y políticas específicas. Para las empresas, el reto será crecer mediante productividad: recualificación y automatización. Macarrón advierte que retrasar la maternidad reduce la posibilidad de tener los hijos deseados. Sin niños, jóvenes y familias, Europa afronta un desafío decisivo.

¿PUNTO CRÍTICO?

CONVERSACIÓN CON EL FUNDADOR Y DIRECTOR GENERAL DE LA FUNDACIÓN RENACIMIENTO DEMOGRÁFICO, ALEJANDRO MACARRÓN

El fundador y director general de la Fundación Renacimiento Demográfico, Alejandro Macarrón
El fundador y director general de la Fundación Renacimiento Demográfico, Alejandro Macarrón

¿Hemos llegado al punto de no retorno demográfico?

No lo sé con certeza, pero sí sé que cuanto más tiempo llevemos teniendo pocos niños, más cuesta revertirlo. La inercia demográfica es brutal. Una región muy envejecida tiene pocas mujeres en edad fértil, y aunque cambien los valores y la gente quiera tener más hijos, la base sobre la que construir es ya muy estrecha. El problema no es solo cuántos hijos se tienen, sino cuántas mujeres hay en condiciones de tenerlos.

¿Qué medida considera más urgente?

La primera, y la más barata, es contarle a la gente lo bueno que es tener hijos y lo malo que es no tenerlos. Eso no cuesta dinero. Cuesta voluntad política y cultural.

Los gobiernos llevan años apostando por los cheques bebé. ¿Funcionan?

Soy muy escéptico con los subsidios universales. El Gobierno tiene la obligación de tratar fiscalmente mejor a las familias cuántos más hijos tengan, porque están contribuyendo a la sociedad en especie: están formando a los futuros cotizantes. Eso tiene una lógica clara. Pero dar dinero por el simple hecho de tener hijos, sin más condición, genera incentivos distorsionados. Lo que necesitas es que las familias que ya trabajan, que ya contribuyen, encuentren en el sistema fiscal un reconocimiento real de ese esfuerzo. Un impuesto negativo para quien tiene hijos y trabaja tiene mucho más sentido que un cheque indiscriminado.

¿Y la estabilidad familiar? ¿Forma parte de la ecuación demográfica?

Es fundamental, y es otro de los grandes ausentes del debate público. El matrimonio con vocación de permanencia sigue siendo el modelo que mejor funciona tanto para las personas como para la sociedad. El divorcio masivo ha generado una percepción de que comprometerse es arriesgado, y esa percepción desincentiva la formación de familias. No es un juicio moral, es una observación estadística. Las familias estables tienen más hijos, y los hijos criados en entornos estables tienen mejores resultados en prácticamente todos los indicadores. Si queremos hablar en serio de demografía, hay que hablar también de esto.

¿Puede la inmigración compensar el déficit demográfico?

Parcialmente, y con límites muy claros. Los inmigrantes también envejecen. Y la escala que haría falta para compensar una fecundidad estructuralmente baja es políticamente insostenible. Además, si un país tiene desempleo estructural y un mercado de vivienda colapsado, añadir más población no resuelve nada; lo agrava. La inmigración es una herramienta útil en determinadas circunstancias, no una solución demográfica.

¿Por qué este debate ha tardado tanto en entrar en la agenda política?

Porque es un tema lento e incómodo para todos. No genera titulares urgentes y no mueve votos a corto plazo. El resultado es que durante décadas la demografía ha sido un tema del que los políticos preferían no hablar. Ahora empieza a cambiar.

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