Nestlé ha activado en España un expediente de regulación de empleo (ERE) que afectará a 301 trabajadores, más del 7% de su plantilla en el país.
El ajuste se extiende a oficinas, equipos comerciales, logística y varias plantas de producción, en una decisión que la compañía vincula a su proceso de transformación del negocio alimentario.
Con más de 4.100 empleados en España, la multinacional suiza sitúa este movimiento en un contexto de presión creciente sobre el sector.
Entre los factores que menciona figuran el aumento de los costes, el cambio en los hábitos de consumo y el avance de las marcas blancas, que siguen ganando cuota en la distribución.
El impacto del recorte se repartirá entre varios centros productivos y operativos: Pontecesures (Pontevedra), Sebares (Asturias), La Penilla (Cantabria), Miajadas (Cáceres), Reus (Tarragona) y Girona.
La reestructuración afecta así a una parte relevante de la huella industrial de la compañía en España.
Desde la dirección, el ERE se presenta como un paso dentro de un rediseño más amplio del modelo operativo. Nestlé defiende que el objetivo es avanzar hacia una estructura “más eficiente y ágil”, apoyada en la automatización y la digitalización de procesos.
La compañía enmarca el ajuste en la necesidad de garantizar la viabilidad del negocio a largo plazo.
La defensa de Nestlé
La empresa asegura que la decisión no se ha tomado de forma aislada, sino tras haber aplicado previamente medidas de contención de costes.
También subraya que el proceso se llevará a cabo con diálogo con los representantes de los trabajadores y bajo principios de “transparencia”, según ha trasladado la propia dirección.
El ajuste en España se integra en una estrategia global más amplia. Nestlé ya había anunciado la eliminación de 16.000 puestos de trabajo en todo el mundo en los próximos dos años, dentro de su plan de eficiencia y reducción de costes.
En términos financieros, el grupo cerró 2025 con un beneficio neto de unos 9.900 millones de euros, un 17% menos interanual.
En cambio, la filial española mostró un comportamiento más sólido, con 2.894 millones de euros de facturación, un crecimiento del 4,8% en ventas y 96 millones de inversión, la cifra más alta en una década.
Un contraste que refleja la tensión entre la estrategia global del grupo y la evolución del mercado español.

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