Anders Zorn: Pintar el mundo, sin olvidar las raíces

La exposición recupera la figura del pintor sueco que alcanzó la fama internacional sin renunciar a sus orígenes rurales

Anders Zorn Remero turco, 1886 Acuarela sobre papel 35,5 × 50,5 cm Mora, Zornmuseet n.º inv. ZA 0130Anders Zorn Remero turco, 1886 Acuarela sobre papel 35,5 × 50,5 cm Mora, Zornmuseet n.º inv. ZA 0130

En una época en la que el arte se debatía entre las revoluciones vanguardistas y la búsqueda de nuevos lenguajes, Anders Zorn (1860-1920) encontró su propio camino. El pintor sueco, uno de los más destacados de finales del siglo XIX y principios del XX, se convirtió en una figura internacional de primer orden sin renunciar jamás a sus raíces en Dalecarlia, la región rural que lo vio nacer.

Ahora, la Fundación MAPFRE presenta en Madrid, por primera vez en España, una retrospectiva que reivindica su obra y su legado: Anders Zorn. Recorrer el mundo, recordar la tierra, comisariada por Casilda Ybarra Satrústegui. La muestra, que se podrá visitar hasta el 17 de mayo, propone un recorrido por más de ciento treinta obras — acuarelas, óleos, grabados y esculturas— procedentes de prestigiosas instituciones como el Nationalmuseum de Estocolmo, el Zornmuseet de Mora, el Museo Sorolla o el Museo del Prado, entre otros.

Entre caballero y campesino

Zorn fue descrito por sus contemporáneos como “una mezcla entre caballero y campesino”. Esa dualidad define su carrera: por un lado, un cosmopolita que viajó por Europa, Estados Unidos, Rusia, Alemania y Latinoamérica; por otro, un artista profundamente ligado a la identidad sueca y a la cultura rural de su región natal.

En París, Zorn se consolidó como un retratista imprescindible, comparado con figuras como John Singer Sargent y Joaquín Sorolla. Su habilidad para capturar no solo el rostro, sino el carácter del retratado, lo convirtió en un pintor solicitado por monarcas, banqueros, presidentes y grandes fortunas. Entre sus honores destacan la medalla de oro en la Exposición Universal de 1889 y la Legión de Honor francesa.

Pero su fama internacional no eclipsó su nostalgia. En 1896 regresó a Mora y dedicó sus últimos años a retratar la vida rural de Dalecarlia, su paisaje y sus costumbres. No se trataba solo de pintar: Zorn organizó concursos de música y danza, reunió textiles y objetos tradicionales y creó Gammelgård, un museo al aire libre con cabañas típicas que se considera un legado cultural.

Anders Zorn - Elizabeth Sherman Cameron, 1900 Óleo sobre lienzo - 147,5 × 113,5 cm Colección particular

Anders Zorn
Cristina Morphy, 1884
Acuarela sobre papel
68 × 45 cm
Madrid, Museo Nacional
del Prado
n.º inv. D007413

La acuarela como punto de partida

La exposición comienza por los inicios del artista, cuando la acuarela se convirtió en su sello distintivo. Desde joven mostró un dominio excepcional de esta técnica, que perfeccionó durante sus viajes por España, Inglaterra y Argelia. Obras como De luto (1880) o la serie de paisajes de Inglaterra y Suecia revelan su fascinación temprana por el agua: sus reflejos, su superficie y la manera en que la luz transforma el mundo.

En 1887, durante su estancia en St Ives, Zorn se inicia en el óleo y da un giro hacia una pintura más naturalista, centrada en la vida cotidiana. Esa transición lo llevará a convertirse en una figura clave del naturalismo internacional y abrirá las puertas de París.

Zorn viajó a España en nueve ocasiones entre 1881 y 1914. Si en sus primeras visitas predominan motivos románticos y estereotipos del imaginario europeo, con el tiempo sus obras reflejan una mirada más moderna, menos exotizante. La exposición incluye obras que muestran esa evolución y también testimonian su amistad con artistas como Joaquín Sorolla y Ramón Casas.

Anders Zorn - Elizabeth Sherman Cameron, 1900 Óleo sobre lienzo - 147,5 × 113,5 cm Colección particular

Anders Zorn – Elizabeth Sherman Cameron, 1900
Óleo sobre lienzo – 147,5 × 113,5 cm
Colección particular

En el retrato, Zorn se aleja del formalismo académico. Sus personajes no posan en estudios fríos; se los sitúa en ambientes que hablan de su identidad, su estatus y su carácter. En París, retrató a intelectuales y artistas, pero también a la alta sociedad, siempre con una pincelada suelta y expresiva que algunos críticos de la época calificaron de “superficial”.

La muestra de Fundación MAPFRE no sólo reivindica a Zorn como un gran artista moderno, sino que también ofrece una lectura más completa de su obra: la tensión entre lo local y lo global, entre la tradición y la modernidad.

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