El reto de competir en la era de la incertidumbre

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César Vargas Martín – CEO en Pascual

Hay algo que me llama la atención cuando atravesamos una nueva crisis. La primera reacción siempre suele ser pensar que estamos ante una situación excepcional, como ocurrió con la pandemia o la crisis energética. Y, ahora, vuelve a ocurrir con un escenario internacional marcado por conflictos geopolíticos, tensiones comerciales y una creciente fragmentación económica.

Sin embargo, cada vez estoy más convencido de que la incertidumbre ya no es la excepción. Es el nuevo contexto y asumirlo cambia mucho las cosas. Si la incertidumbre ha venido para quedarse, entonces la pregunta pasa a ser cómo construimos empresas capaces de competir en un entorno cada vez más imprevisible.

La alimentación ofrece una buena fotografía de ese desafío. Pocas industrias están tan expuestas a lo que sucede fuera de sus propias fronteras. Dependemos de la energía, materias primas, cadenas logísticas y, sobre todo, de la confianza de millones de consumidores que toman decisiones cada día en un entorno de enorme presión sobre su capacidad de compra.

Durante los últimos años hemos comprobado hasta qué punto un conflicto a miles de kilómetros puede terminar afectándonos. Según el recién Barómetro sobre hábitos de compra en gran consumo, elaborado por AECOC, la inestabilidad política internacional ya es una de las grandes preocupaciones de los españoles (32%). Hemos aprendido que la geopolítica ya no es una conservación reservada a los gobiernos o a los analistas internacionales.

Frente a cada episodio de incertidumbre, existe la tentación de competir únicamente a través del precio. Es comprensible. Cuando los costes aumentan y el consumidor pierde poder adquisitivo, el precio adquiere una relevancia extraordinaria. El problema aparece cuando esa lógica termina convirtiéndose en la única respuesta posible. Porque una economía que compite exclusivamente por precio acaba debilitando aquello que le permite seguir siendo competitiva en el largo plazo: la innovación, la capacidad industrial, la formación y el talento.

En la industria alimentaria nos pasa lo mismo. Si el único criterio que guía las decisiones del mercado es el coste más bajo posible, terminamos trasladando presión a toda la cadena de valor: al sector primario, a la industria, a la innovación y también a la capacidad del propio sector para generar crecimiento sostenible. Por eso, creo que el gran debate económico de los próximos años no será únicamente cuánto crecemos, sino cómo crecemos.

En este sentido, la transformación empresarial deja de ser un objetivo corporativo para convertirse en una responsabilidad económica y social. Las empresas tenemos que transformarnos para ser más ágiles, eficientes y resilientes. La capacidad de adaptarse rápidamente a los cambios del mercado se ha convertido en un factor determinante.

Por eso me preocupa que la conversación pública se centre en gestionar las consecuencias de los cambios y no tanto en construir las condiciones que permitan aprovecharlos. Necesitamos una visión de largo plazo que vaya más allá del siguiente trimestre o de la próxima crisis.

España cuenta con una industria alimentaria fuerte, internacionalizada y acostumbrada a competir. Lo ha demostrado una y otra vez en escenarios extraordinariamente exigentes. Pero precisamente por eso sabemos que la verdadera ventaja competitiva no consiste en resistir cada crisis de manera aislada. Consiste en salir de ellas con organizaciones más preparadas para el siguiente desafío.

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