Hacia la pandemia digital

¿Qué ocurriría si las infraestructuras que sostienen nuestra vida cotidiana dejaran de funcionar? La ONU pide prepararse para un riesgo que, hasta ahora, era prácticamente invisible

Pandemia digitalGettyImages

No somos del todo conscientes, pero hemos construido un mundo que no puede permitirse fallar. Sin embargo, existe un tipo de riesgo que se vuelve invisible precisamente porque todo funciona. No lo percibimos hasta que deja de hacerlo.

Un informe publicado por las Naciones Unidas el pasado mayo (When digital systems fail: The hidden risks of our digital world) describe con precisión técnica el perímetro de una vulnerabilidad que la mayoría de las organizaciones aún no ha incorporado a sus balances: el colapso sistémico de las infraestructuras digitales globales. No una interrupción localizada, no un ataque dirigido a un único operador. Una cascada.

Los números de partida son conocidos, pero vale la pena fijarlos: casi el 70% de la población mundial depende ya de Internet para acceder a servicios sanitarios, realizar pagos, gestionar cadenas de suministro y participar en la vida civil. Esta dependencia es el resultado racional de décadas de digitalización. El problema no reside en la dependencia en sí, sino en la arquitectura que la sostiene.

Cuatro infraestructuras sostienen todo el edificio: redes eléctricas, cables submarinos, satélites y centros de datos. Sistemas diseñados en épocas distintas, por actores distintos, con lógicas de resiliencia diferentes, y hoy profundamente entrelazados. Una falla en uno puede propagarse a los demás con una velocidad que los mecanismos de respuesta convencionales no logran absorber.

El informe define este escenario como “pandemia digital”: una interrupción que atraviesa sectores y fronteras, dejando simultáneamente fuera de línea los sistemas de pagos, comunicaciones y gestión de emergencias.

Existe una paradoja estructural en la base de todo esto, y es la más difícil de comunicar a los consejos de administración. Las empresas han pasado veinte años eliminando redundancias, consolidando proveedores y migrando a infraestructuras compartidas. El resultado es una eficiencia operativa sin precedentes, y una fragilidad igualmente sin precedentes. Las redundancias eliminadas no eran ineficiencias: eran margen de error. Los sistemas analógicos abandonados no eran obsolescencia: eran un plan B. Nadie los eliminó por negligencia. Se eliminaron porque nunca parecían necesarios. Hasta el momento en que lo son.

Kamal Kishore, responsable de la Oficina de las Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres, ha sintetizado la cuestión en términos operativos: “Debemos planificar, construir y mantener las infraestructuras digitales teniendo en cuenta el riesgo sistémico, ahora y en el futuro”. No es una invitación abstracta. Es una invitación que vale tanto para los gobiernos como para quienes dirigen una empresa.

La comparación con 2020 no es retórica. El mundo no se detuvo por falta de previsiones: las previsiones existían, circulaban desde hacía décadas. Se detuvo porque las previsiones no se habían traducido en estructuras. Hoy esa lección está disponible, aplicable a un riesgo distinto, pero con la misma lógica de fondo. La ventana para actuar con antelación está abierta. Por desgracia, la cuestión no es si se cerrará, sino cuánto durará.

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