Luego está el nudo del capital. Europa es rica en ahorro privado, pero pobre en instrumentos para transformarlo en inversión estratégica. La creación de un verdadero mercado único de capitales no sería un capricho tecnocrático, sino oxígeno para las empresas. Sin integración financiera, sin un One Market que derribe las barreras aún existentes en los servicios financieros, la energía y la conectividad, seguiremos financiando la innovación de otros.
La innovación, precisamente… Europa destaca en investigación, pero le cuesta construir campeones industriales. Aeroespacial, inteligencia artificial, semiconductores, defensa: no basta con evocar los sectores estratégicos; es necesario elegir, concentrar, coordinar la demanda pública y crear escala. Y aquí es donde se juega la partida, porque habría que dejar de pensar la Unión como un espacio de mera coordinación y empezar a tratarla como una plataforma de poder económico. Decidir quién hace qué. Aceptar que no todo deba pasar por la unanimidad. Impulsar cooperaciones reforzadas cuando sea necesario. En una palabra: actuar.
Pero no debería ser solo la política la que abra el camino. El verdadero giro dependerá también de las empresas, a las que hoy no se les pide únicamente resistir, sino sobre todo arriesgar. Invertir en tecnología cuando la tentación sería recortar. Buscar capital a escala continental. Realizar fusiones transfronterizas. Exigir reglas más simples y, al mismo tiempo, saber utilizarlas para crecer más allá de las fronteras nacionales.
La competencia global no está (todavía) perdida; acaba de entrar en una nueva fase. Y Europa, paradójicamente, tiene todo lo necesario: mercado, ahorro, capacidades, industria manufacturera, investigación. Por tanto, la verdadera pregunta ahora es otra: “¿Queremos convertirnos en un gran museo industrial o volver a ser una potencia económica?”.

Europa