Querida Europa, ha llegado el momento de actuar

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No estamos ante una simple desaceleración cíclica. La pérdida de capacidad productiva en sectores clave —desde la energía hasta la química, desde el acero hasta los materiales básicos— señala una grieta estructural. Y la pregunta, a estas alturas, ya no es “¿Qué no funciona?”, sino: “¿Tenemos el valor de cambiar de modelo?”.
Es cierto que España, en comparación con otros grandes países europeos, parte de una posición menos frágil. La elevada penetración de las energías renovables, el crecimiento de la eólica y la solar y la experiencia de la “excepción ibérica” durante la crisis del gas han mitigado el impacto del shock energético. En varias fases recientes, los precios mayoristas de la electricidad han sido inferiores a los de Alemania e Italia. Pero sería un error confundir una ventaja relativa intraeuropea con una verdadera competitividad global: también las empresas españolas, sobre todo en sectores intensivos en energía como la cerámica, la metalurgia y la química, pagan la energía más cara que sus competidores estadounidenses y chinos.Por eso, el debate europeo sobre la compra conjunta de gas, la reforma del mercado eléctrico y el desacoplamiento del precio de las renovables del de los combustibles fósiles no es una cuestión ideológica: es un asunto de supervivencia industrial.

Luego está el nudo del capital. Europa es rica en ahorro privado, pero pobre en instrumentos para transformarlo en inversión estratégica. La creación de un verdadero mercado único de capitales no sería un capricho tecnocrático, sino oxígeno para las empresas. Sin integración financiera, sin un One Market que derribe las barreras aún existentes en los servicios financieros, la energía y la conectividad, seguiremos financiando la innovación de otros.

La innovación, precisamente… Europa destaca en investigación, pero le cuesta construir campeones industriales. Aeroespacial, inteligencia artificial, semiconductores, defensa: no basta con evocar los sectores estratégicos; es necesario elegir, concentrar, coordinar la demanda pública y crear escala. Y aquí es donde se juega la partida, porque habría que dejar de pensar la Unión como un espacio de mera coordinación y empezar a tratarla como una plataforma de poder económico. Decidir quién hace qué. Aceptar que no todo deba pasar por la unanimidad. Impulsar cooperaciones reforzadas cuando sea necesario. En una palabra: actuar.

Pero no debería ser solo la política la que abra el camino. El verdadero giro dependerá también de las empresas, a las que hoy no se les pide únicamente resistir, sino sobre todo arriesgar. Invertir en tecnología cuando la tentación sería recortar. Buscar capital a escala continental. Realizar fusiones transfronterizas. Exigir reglas más simples y, al mismo tiempo, saber utilizarlas para crecer más allá de las fronteras nacionales.

La competencia global no está (todavía) perdida; acaba de entrar en una nueva fase. Y Europa, paradójicamente, tiene todo lo necesario: mercado, ahorro, capacidades, industria manufacturera, investigación. Por tanto, la verdadera pregunta ahora es otra: “¿Queremos convertirnos en un gran museo industrial o volver a ser una potencia económica?”.

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