Cómo cambian los tiempos. Antes, la técnica iluminaba el horizonte de la historia. La revolución industrial prometía bienestar, la electricidad traía progreso, la conquista del espacio narraba la audacia de la humanidad. También la revolución digital, al menos al principio, se presentaba así: como un nuevo sol del porvenir. Internet habría conectado el mundo, democratizado el conocimiento, hecho el trabajo más humano. La tecnología se presentaba como un vector de emancipación.
Hoy ese relato se ha desvanecido. La tecnología —y los actuales vientos de guerra son una clara demostración de ello— ha hipotecado nuestra existencia. El cambio no se produjo de repente, pero en los últimos años se ha vuelto evidente. Las grandes plataformas digitales ya no hablan de progreso, inclusión o democratización. El léxico ha cambiado. La inteligencia artificial ya no se presenta como una herramienta para amplificar las capacidades humanas, sino como una forma de “hacer más con menos”. Es la señal de un paso histórico: la tecnología se ha reducido a un instrumento de poder.
Las grandes tecnológicas ya no son simplemente empresas innovadoras. Se han convertido en la columna vertebral invisible de la economía contemporánea. Segmentos enteros de la vida económica y social dependen de sus plataformas. Es una concentración de capital y de poder que supera, por escala y velocidad, cualquier precedente en la historia industrial. Los imperios digitales acumulan riquezas que hacen palidecer las de las grandes dinastías del acero, del petróleo o de los ferrocarriles que marcaron el capitalismo del siglo XX.
Hoy esta tecnología ya no se limita a producir herramientas: produce códigos sociales. Determina cómo nos comunicamos, cómo trabajamos, cómo nos informamos, incluso cómo pensamos. Los algoritmos establecen lo que vemos, lo que leemos, qué es relevante y qué no lo es; construyen una gramática del mundo. Y esta gramática no nace de un proyecto humanista. Nace de un modelo de negocio que ya no señala una dirección de progreso colectivo, sino que consolida posiciones de poder.
Por desgracia, durante años las sociedades democráticas han delegado el relato del mañana en estos “monstruos tecnológicos”. A cambio de servicios gratuitos, plataformas eficientes e innovaciones continuas, hemos aceptado que el futuro se diseñará dentro de consejos de administración y laboratorios de investigación empresariales. Ahora esa delegación muestra sus límites. Porque una sociedad sin promesas es una sociedad sin imaginación política. Y cuando el futuro no se discute en el espacio público, se administra en otros lugares: en los centros de datos, en los algoritmos, en los modelos económicos que gobiernan las plataformas.
La cuestión no es demonizar la tecnología. Sería un error tan grande como idolatrarla. La tecnología sigue siendo una de las herramientas más poderosas que la humanidad haya construido jamás. El problema es quién decide su significado, porque en la práctica hemos permitido que no tenga también un proyecto —y una responsabilidad— civil.

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