La Europa que no existe

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El continente en el que vivimos está en un retraso estratégico. Y no soy el único que piensa así. Muchos – observadores, empresarios, responsables de políticas – se han estado cuestionando durante tiempo el papel de Europa en el tablero económico global. La respuesta, lamentablemente, es cada vez más desalentadora: Europa no está presente. No en las mesas que importan. No en las crisis donde se necesitaría cohesión. Y no cuando se trata de defender su propia industria y sus intereses estratégicos.
La tormenta comercial desencadenada por las medidas proteccionistas estadounidenses representó una verdadera prueba de resistencia para la UE. Y el resultado, hasta ahora, es desalentador. El Viejo Continente ha demostrado ser incapaz de responder de manera coordinada, contundente y unitaria. Se negocian exenciones y descuentos como si fuéramos clientes buscando un favor, y no una potencia económica que genera más del 15% del PIB mundial.
La fragilidad europea se siente en toda su magnitud en los países del Sur. España, por ejemplo, está viviendo un momento crucial: por un lado, ha dado pasos importantes en atraer inversiones en tecnologías verdes, en fortalecer el sector automotriz eléctrico y en la digitalización de las pymes; por otro lado, a menudo se ve obligada a competir con sus propios recursos, sin el apoyo de una red europea realmente solidaria. Así, Europa se descubre más vulnerable de lo que quería admitir.La impresión, cada vez más clara, es que la UE fue construida para afrontar las crisis del pasado, pero está desarmada frente a las del presente. La ausencia de una política industrial comunitaria es hoy la principal debilidad de nuestro continente. Uno que ha demostrado no haber sabido aún construir una red sólida para atraer inversiones, proteger la producción o garantizar una posición fuerte en la mesa de negociaciones internacionales. Y la paradoja es que, aunque Estados Unidos depende de varias de nuestras cadenas productivas, somos nosotros quienes debemos correr detrás, justificar y adaptarnos. ¿Por qué? Porque no existe una coordinación económica central capaz de transformar el potencial europeo en poder de negociación.La crisis actual no solo afecta las relaciones externas. Más bien, desnuda también las fragilidades internas de la Unión. Falta un verdadero sentido de comunidad, un vínculo solidario entre economías diversas pero interconectadas. Los países del Norte miran sus propios presupuestos, los del Sur la supervivencia industrial, mientras las grandes potencias globales —EE.UU. y China sobre todo— hacen sistema, usan herramientas incluso coercitivas (véase Big Tech) para proteger y promover a sus campeones industriales. Si Europa quiere realmente contar, debe aprender a hacer lo mismo: se necesita una visión estratégica común que invierta en manufactura avanzada, transición ecológica e innovación tecnológica (con la IA como prioridad). Así como urge una ética de solidaridad económica entre los Estados miembros, para no dejar solos a los sectores empresariales más vulnerables. La debilidad económica de Europa tiene un reflejo inevitable en el plano geopolítico. Sin una base económica e industrial sólida, sin autonomía estratégica, Europa no puede tener un papel en el mundo. Y, como demuestran las decisiones unilaterales de Washington, ya no basta con ser “socios históricos” para ser escuchados.

Tal vez los aranceles puedan resultar una amarga pero útil oportunidad para abrir los ojos: Europa sigue siendo un mercado relevante, pero es tiempo de que se transforme en una potencia económica.

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