Juan Huguet (AnyFormat): Europa sabe crear IA, pero no hacerla crecer

Juan Huguet, CEO de AnyFormat

Juan Huguet, CEO de AnyFormat, advierte de que Europa tiene talento y tecnología para competir en inteligencia artificial, pero carece del capital, la escala y el mercado único necesarios para convertir sus startups en grandes compañías independientes. “Sabemos fundar empresas y sabemos venderlas. Lo que no sabemos es pasar de cincuenta a quinientas personas”, sostiene.

La paradoja se hace especialmente visible en la IA documental, donde varias compañías europeas de referencia han terminado adquiridas por grupos estadounidenses justo cuando comenzaban a ganar dimensión. Para Huguet, el problema no es que vender sea una mala decisión para un fundador, sino que la adquisición se haya convertido en la salida habitual de toda una generación de compañías tecnológicas europeas.

Europa está creando compañías de inteligencia artificial con tecnología capaz de competir internacionalmente, pero algunas terminan siendo adquiridas cuando comienzan a alcanzar una dimensión relevante. ¿Qué está fallando en el modelo europeo de crecimiento? 

No falla el talento. La ruta hacia la demostración de uno de los mayores problemas matemáticos que quedaban abiertos la abrieron dos matemáticos madrileños, Diego Córdoba y Luis Martínez-Zoroa. La cruzaron las máquinas de OpenAI. La idea es nuestra, pero la central eléctrica californiana. Ese es el patrón europeo en una frase. 
Falla el tramo del medio. Sabemos fundar empresas y sabemos venderlas. Lo que no sabemos es pasar de cincuenta a quinientas personas. En IA documental, mi sector, las empresas europeas de referencia se han vendido en veinticuatro meses; Rossum es el mejor ejemplo. Ninguna quebró. Todas vendieron justo cuando una americana equivalente habría levantado cien millones para escalar. 

Tenemos excepciones brillantes, Lovable o Legora. Pero son herramientas construidas sobre la inteligencia de otros. Demuestran que sabemos hacer negocio con la tecnología, no que la controlemos. Cuando nadie cree que puedas ser el ganador, vender es la decisión racional. 

En los últimos años hemos visto adquisiciones de compañías europeas especializadas en IA documental, como Rossum por Coupa. ¿Qué revela esta operación sobre la capacidad de Europa para construir empresas tecnológicas independientes? 

Que Europa sabe construir la tecnología y no sabe quedarse con ella. Rossum era la prueba de que se puede hacer IA documental de primer nivel desde Praga. Levantó unos cien millones de dólares, entrenó su propio modelo para documentos transaccionales y superó a los modelos generalistas en su terreno. Hoy es una funcionalidad dentro de una plataforma americana de gestión del gasto. 

No es un caso aislado. Klippa fue a SER, natif.ai a DocuWare y Eigen a Sirion. Cuatro de cuatro. En esos mismos dos años, Reducto levantó 108 millones de dólares en Estados Unidos y Extend es rentable con 17. Allí los inversores decidieron que leer documentos con fiabilidad industrial merecía campeones. Aquí lo decidieron los compradores. 

Lo paradójico es que la demanda es europea. Tenemos la carga documental más pesada y más regulada del mundo. Y esa regulación explica parte de la historia, saber cumplirla es una barrera de entrada, y lo que vale mucho se compra. 

Juan Huguet, CEO de AnyFormat
Juan Huguet, CEO de AnyFormat

¿Hasta qué punto la falta de capital de crecimiento es el principal problema? ¿Hay suficiente financiación para crear una startup de IA, pero no para convertirla en una gran compañía tecnológica? 

El capital es el síntoma más visible. Europa suma veintisiete mercados, veintisiete reguladores, dos docenas de idiomas y otras tantas culturas de compra. Cada frontera encarece el crecimiento antes de que el dinero entre en juego. 


Financiación hay. El problema es hacia dónde va. El capital se concentra en la capa vertical, en aplicaciones con retornos probados, y apenas llega al deep tech, que es lo que te sienta en la mesa internacional. Es racional para cada fondo e irracional para el continente. 


Mezclamos dos preguntas. Una es estratégica, el tener capacidad propia de desarrollar modelos fundacionales. Eso se decide a nivel de país o de Europa, como la energía o la defensa. La otra es empresarial, si sabemos crear negocios escalables sobre esa tecnología. La primera es política industrial. La segunda, trabajo de fundadores. 


Y hay que separar consumo y empresa. Luzia demostró que desde España se puede construir un asistente con alcance internacional. Pero en consumo vives dentro de la aplicación de mensajería de otro y sobre el modelo de otro, así que eres inquilino dos veces. En B2B se compra confianza, cumplimiento y fiabilidad en producción. Ahí Europa juega en casa. 

¿Una adquisición por parte de un gran grupo internacional debe interpretarse necesariamente como un fracaso europeo o también puede ser una vía legítima para que una tecnología europea alcance una escala que difícilmente conseguiría por sí sola? 

No. Para los fundadores, el equipo y los inversores de Rossum, vender a Coupa es un buen resultado. La tecnología llega a más clientes de los que habría alcanzado sola, y ese dinero vuelve al ecosistema convertido en nuevos fundadores y nuevos inversores. Una venta es una decisión legítima. 

El problema es el patrón. Cuando todas las empresas de referencia de una categoría se venden en la misma fase y a compradores de fuera, no hay una suma de buenas decisiones. Hay un techo. Y lo que queda al otro lado del techo es la hoja de ruta, la propiedad intelectual y la decisión de dónde se procesan los datos. 

La adquisición debería ser una opción, no la única salida. En AnyFormat apostamos por lo contrario, construir la empresa independiente que esta categoría todavía no tiene en Europa.

Europa cuenta con un mercado de más de 400 millones de consumidores, pero sigue teniendo un ecosistema empresarial mucho más fragmentado que Estados Unidos. ¿Hasta qué punto esa fragmentación dificulta el crecimiento de las compañías de IA? 

Mucho, y no solo por el idioma. Cada país tiene su factura electrónica, su normativa fiscal, su compra pública y sus costumbres comerciales. España tiene Verifactu y TicketBAI; Portugal, Italia y Alemania, los suyos. Para una empresa de IA documental, cada frontera es casi un producto nuevo. 

Una startup americana gana sus primeros cien clientes en un solo mercado, con un idioma y una regulación. Cuando llega a Europa, ya tiene escala. Una europea tiene que ganar cada mercado con un equipo distinto, antes de haber demostrado nada. Hablamos de 400 millones de consumidores, pero se conquistan de país en país. 

La fragmentación también es una barrera de entrada. Quien domina la complejidad europea tiene algo difícil de copiar. Lo que necesitamos es que el mercado único sea único también para el software. Un solo régimen para vender, contratar y facturar en toda la Unión. 

¿La regulación europea está ayudando a crear un mercado de IA más sólido y confiable o puede convertirse en una desventaja frente a Estados Unidos y China? 

Las dos cosas. Para quien nace cumpliendo el Reglamento de IA, es una ventaja industrial. Desde diciembre de 2027, el tratamiento automatizado de documentos en crédito, seguros, recursos humanos o servicios públicos será de alto riesgo, con trazabilidad y supervisión humana obligatorias. Quien ya sepa decir de dónde sale cada dato y con qué confianza tendrá algo que un competidor extranjero no puede improvisar. 

El riesgo está en cómo se aplica. Calendarios que se mueven, incertidumbre y coste de cumplimiento pesan mucho más sobre una startup que sobre un gigante con un departamento legal entero. Si la norma se convierte en papeleo en lugar de un estándar técnico claro, favorece a los grandes. Y los grandes casi nunca son europeos. 

Hay un efecto que se comenta poco. La regulación es una barrera de entrada inicial para un grupo extranjero que quiere entrar en Europa. Normalmente, comprar a quien ya domina el reglamento y la distribución es más rápido que aprenderlo. La regulación, sin quererlo, alimenta las adquisiciones. 

Existe una paradoja: Europa regula la inteligencia artificial para proteger sus intereses económicos y sociales, mientras algunas de las empresas que desarrollan esa tecnología terminan bajo propiedad de compañías extranjeras. ¿Cómo se explica esta contradicción? 

Deja de ser una contradicción si se mira desde el otro lado. Una empresa americana que quiera ser global necesita el mercado europeo. Y para entrar necesita lo que no puede improvisar: conocimiento regulatorio, clientes europeos y talento local. Comprar una empresa europea es el atajo. En ese sentido, la regulación funciona porque obliga a quien quiera vender aquí a tener capacidad aquí. 

Lo que importa no es quién firma el cheque, sino lo que pasa después. Qué hoja de ruta sigue la tecnología comprada. Cómo se alinean los intereses cuando chocan. Y, sobre todo, si la empresa conserva su independencia dentro del conglomerado o se disuelve en él como una funcionalidad más. 

La capa que lee nuestras facturas, contratos e historiales clínicos es infraestructura. La soberanía no es dónde duermen tus datos. Es quién decide la hoja de ruta del software que los lee. 

Si tuviera que identificar tres cambios concretos que permitirían a Europa construir más campeones tecnológicos de IA en los próximos diez años, ¿cuáles serían? 

Si la inteligencia es la nueva electricidad, quien tiene la central decide. Y una central de IA tiene tres piezas: modelos, chips e infraestructura, y energía. Europa va por detrás en las tres. Financiar la investigación de frontera con ambición y continuidad, para que el talento que formamos no tenga que irse para hacer el trabajo más interesante. Es el dinero que hoy no llega, porque el capital privado prefiere la aplicación con retornos probados.

Aumentar la capacidad de inferencia propia. Centros de datos y chips en suelo europeo para ejecutar modelos, empezando por los modelos abiertos que ya existen. La soberanía no consiste en tener el mejor modelo, sino en poder ejecutar uno bueno sin pedir permiso. Y, todo esto, con energía abundante y barata. Sin kilovatios no hay inferencia. Hace falta una política energética pensada para la IA, y la nuclear tiene que estar en ella. 

Y un cuarto que no depende de ningún gobierno: fundadores dispuestos a atravesar el desierto de la serie B sin vender, y consejos dispuestos a acompañarlos. 

¿Cree que Europa todavía está a tiempo de construir sus propios gigantes de inteligencia artificial o la ventana de oportunidad ya se está cerrando? 

Depende de qué llamemos gigante. En modelos fundacionales, la frontera es americana, lo abierto es chino y Europa no tiene ninguna de las dos cosas. Las apuestas soberanas europeas no compiten en resultados con los modelos abiertos chinos. 

Mistral es el único contendiente europeo serio, y su historia lo resume. Empezó liderando el código abierto con modelos pequeños y eficientes. Se orientó hacia lo comercial, perdió ese liderazgo y China ocupó el trono. Su apuesta ha sido la soberanía, que gobiernos y empresas ejecuten IA de forma segura bajo control europeo. Es un buen negocio por euro invertido. Pero no puede competir en talento ni en costes con OpenAI o Anthropic. 

Así que probablemente importaremos la inteligencia. Lo que sí podemos hacer es alojarla, ejecutar modelos abiertos en suelo europeo y construir encima la capa de aplicación, como Legora, que convierte esa inteligencia en un servicio para un sector concreto. La máquina necesita un mapa, y el recurso escaso sigue siendo la pregunta correcta. 

Y esto no ha hecho más que empezar. La inteligencia de los modelos va a saturarse y a abaratarse. Cuando pase, el valor estará en las aplicaciones y en meter la IA en el trabajo diario de empresas y administraciones, que está en sus albores. Ahí la ventana está abierta de par en par. La próxima Rossum ya existe, en Praga, en París o en Madrid. En Anyformat trabajamos para que siga siendo europea. 

Artículos relacionados